Este artículo fue publicado por el Diario El Pais de Cali, y fue escrito por uno de los invitados al Encuentro, Julio Cesar Londoño.

Julio César Londoño
El encuentro de Caicedonia
Diciembre 06 de 2003

Entre el 13 y el 16 de noviembre, Caicedonia realizó la tercera versión del Encuentro nacional e internacional de escritores por la paz. El tema no podía ser más pertinente: el poder como generador de violencia. Entre los escritores colombianos invitados se destacaban Gustavo Álvarez Gardeazábal y Arturo Alape, el más aplicado cronista de la violencia en Colombia. También asistieron escritores buenos, como Óscar Collazos, Arturo Guerrero, Boris Salazar y el enviado especial de La Plana, prístino faro de la opinión. La organización del evento corrió a cargo de un equipo liderado por dos caicedonitas en el exilio que no olvidan a su pueblo, Manuel Tiberio Bermúdez y Pedro Luis Barco.

¿Para qué sirve un congreso de escritores?, me preguntó allá un buen hombre, uno de esos que prefieren ver a su hija casada con un traqueto antes que con un poeta. Para que los escritores puedan bailar boleros con pueblerinas bonitas, le contesté para que no jodiera, para que no se frunciera por la simpleza de que un forastero le apretara la hija al lento compás de Cosas como tú.

En realidad el tipo tenía razón: un congreso de escritores no sirve para nada. O sirve para lo mismo que las reuniones de la sociedad protectora de animales, de las damas grises, del consejo de ministros o de una cumbre del G-8 contra el hambre en el planeta. Bueno, no exageremos: nuestras reuniones no son tan nocivas como los oscuros conciliábulos del G-8. En las nuestras no se decide el bombardeo de una aldea miserable, ni el cierre de millones de puestos de trabajo ni la muerte por inanición de seis mil niños diariamente.

Por el contrario, un encuentro de escritores sirve para que hombres y mujeres que han dedicado su vida al lenguaje y a la reflexión, se reencuentren, se abracen e intercambien libros, direcciones y datos heréticos. Sirve para que los hombres y las mujeres caicedonitas se enteren de ciertas cosas que no publica nuestro frentenacionalista periodismo. Para que escuchen otra manera de entonar el castellano. Para que los estudiantes de Caicedonia conozcan nuestras obras y asistan a nuestros talleres. Para que toquen a un escritor, "esos marcianos", como nos llama el mecenas del Encuentro, el alcalde Miguel Gualteros. Para recordarles que hay palabras distintas a Disel, Levis, Girbaud, Pepe y Nike. Para que conozcan de cerca esa alternativa de vida, esa manera de asumir el mundo: la intelectual. Para que se enteren de que los escritores somos pobres pero gocetas. Para que la hija del tipo aquel sepa que todavía hay hombres que quieren seducirla, no comprarla. Para que los escritores lloremos juntos nuestro país. Para levantar barricadas de palabras contra las hordas de los bárbaros. Para intentar un exorcismo de la frivolidad. Lo que quiero decir, en suma, es que los congresos de escritores, la sociedad protectora de animales y las damas grises sirven para volver a levantar lo que los poderosos derriban. Que el mundo se sostiene gracias al trabajo de una multitud de seres anónimos que hacen bien sus pequeños oficios.

Gracias, Caicedonia, por la hospitalidad. Gracias -Manuel Tiberio, Miguel, Pedro Luis- por apostarle a las cosas del espíritu en estos tiempos bajamente pragmáticos.