IV Encuentro de Escritores por la Paz de Colombia

Caicedonia, Valle, noviembre 10, 11, 12 y 13 de 2005

Tema: Acuerdo Humanitario

Ponencia

 
     
  Gramática de humanidad  
  Por Arturo Guerrero  
     
 

  Son curiosas las asociaciones que hace el diccionario. Busca uno, por ejemplo, los adjetivos humanitario o humano, los sustantivos humanidad o humanitarismo, o el verbo humanizar, y todos tienen dos acepciones. La primera es la obvia. Lo humano es lo que se refiere a la naturaleza o al género de los hombres.

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La segunda acepción, en cambio, parece ideada por algún pensador romántico, de aquellos que hace más de dos siglos creyeron en el hombre como un buen salvaje, de aquellos conmovidos por la inocencia original de los seres humanos. En efecto, humanitarismo significa sensibilidad o compasión por los males ajenos. Humanizar es volver humano o civilizar. Humano equivale a compasivo o generoso. Y humanidad es sinónimo de bondad y benevolencia.

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Lo contrario a lo humano, según el mismo diccionario, es lo animal. Como sustantivo y adjetivo, la palabra animal también goza de dos significados. El elemental, que habla de que el animal es un ser orgánico que vive, siente y se muere por su propio impulso. Y el otro, que se define precisamente por oposición al hombre, y que indica que animal es igual a irracional, con sinónimos como bestia, bruto, bicho, muy ignorante y necio.

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La extrañeza es la siguiente. Mientras lo animal se define por la falta de inteligencia, lo humano se determina por la presencia de bondad. Al animal se le clasifica por la cabeza, mientras que al hombre se le juzga por el corazón. Si yo le grito a alguien ¡animal!, lo estoy acusando de bruto, de necio. Si, en cambio, alabo a ese mismo alguien por ser ‘tan humano’, no lo estoy halagando por ser inteligente, sino por ser compasivo y generoso. Es como si en el orden jerárquico de las metáforas, el ínfimo grado de valoración correspondiera a las bestias, en cuanto seres sin razón, y el máximo a los civilizados, en cuanto personas con compasión y benevolencia.

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Lo anterior equivale a afirmar, de acuerdo con esta filosofía de diccionario, que lo que de verdad nos diferencia esencialmente como personas, de otras criaturas vivas, no es la capacidad de abstraer y componer ideas, sino la sensibilidad, la posibilidad de vibrar cordialmente con los demás. Y no hay que mirar con desprecio esta sabiduría de diccionario, porque los estudiosos concuerdan en que las palabras no son simples efusiones de viento pulmonar para señalar las cosas, sino que las palabras son auténticas creadoras de realidad. En efecto, las cosas no son como son, sino como somos y como expresamos eso que somos a propósito de esas cosas.

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De manera que si la acumulación de usos históricos ha determinado que una palabra, digamos la palabra humanitario, signifique algo aparentemente arbitrario, hay motivos para pensar que cuando el diccionario recoge esta palabra para fijarla con alfileres como una mariposa muerta, en verdad lo que hace es exhibir ante las generaciones sucesivas de personas la porción de realidad creada por ella. En este caso, el vocablo humanitario despliega la siguiente exactitud: los seres humanos basamos nuestra humanidad en el hecho de ser bondadosos, más que en el de ser inteligentes.

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Dicho esto de otra manera, la inteligencia nos es útil, de la piel hacia fuera, para diferenciarnos de las bestias, pero en nuestra almendra íntima somos humanos porque somos generosos. Nuestra cédula de identidad viene marcada con las señales indelebles de la bondad, en contraste con el pasaporte para salir hacia otros reinos, el cual simplemente consigna que pertenecemos a una especie con cerebro especializado. La bondad es nuestra moneda diaria, es la estrella que brilla en la frente como signo luminoso del diamante interior que nos constituye. El hombre no es solamente un animal racional ni un animal político, como lo precisaron los griegos. El hombre es el ser que siente con los demás seres.

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Toda esta erudición semántica era requisito para llegar al tema de este Encuentro de Escritores, el acuerdo humanitario. Es indudable que el drama que fulgura detrás de la expresión acuerdo humanitario no es el mayor de cuantos atenazan a la nación colombiana.  El sufrimiento de las personas secuestradas en las selvas de la subversión palidece frente al crimen de los tantos masacrados en los campos, o frente a los tres millones de desarraigados del desplazamiento forzado, o frente a la impunidad de los asesinatos y desapariciones perpetrados por las fuerzas del poder. No obstante, es conveniente arrojar una mirada de lucidez y de clemencia sobre estos ciudadanos atrapados al interior de las alambradas de púas del conflicto armado, en la seguridad de que las claridades obtenidas frente a su lamento van a alumbrar por parejo a otras víctimas que carecen de quien implore por ellas.

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El acuerdo que desde hace años se propone está calificado en forma bien precisa. Es humanitario. Los teóricos de la guerra, los estrategas y tácticos de la misma, los expertos en leyes nacionales e internacionales, los comandantes y los secretariados, los comités y las mesas de trabajo, los políticos y politólogos, podrán polemizar sobre la juridicidad de estos acuerdos, sobre sus antecedentes históricos, sobre su conveniencia o inconveniencia coyuntural para la correlación de fuerzas en el conflicto, sobre la ganancia o pérdida en el ajedrez del enfrentamiento, sobre esto y sobre lo otro. Podrán, han podido y pueden seguir dando este debate. Pero también podrán, han podido y pueden empantanar su salida, porque cada cual encontrará un argumento y un contraargumento, un inciso y un parágrafo, una interpretación y la contraria, un otrosí, un tal vez, un quién sabe, un salsipuedes.

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Pues bien, estos personajes tan conspicuos y solemnes se ahorrarían su saliva, si advirtieran que el único título exhibido como justificación del acuerdo humanitario es la real gana de hacerlo. En efecto, al hacerse patente que se trata de un acuerdo humanitario, se está aludiendo a un motivo que está por encima de lo jurídico, de lo político, de lo militar. Se está invocando un argumento más poderoso y limpio, un expediente simple. Sencillamente se pide que los adversarios, sensibilizados ante el sufrimiento innecesario de los prisioneros, se pongan de acuerdo en liberarlos apelando a la humanidad de todos, es decir a la benevolencia y bondad que todo ser humano alberga por ser persona humana.

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El acuerdo humanitario es un acuerdo porque sí, porque tenemos la voluntad de pactarlo, porque nos da la soberana gana de hacerlo, porque sentimos compasión del dolor ajeno, porque llegar a él es un asunto de civilización, porque no somos bestias, porque admitimos tener sentimientos y llorar y querer abrazar y ser abrazados.

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El acuerdo humanitario ubica a los enemigos en una infancia y en una inocencia anterior al momento en que se descubrieron enemigos y en que comenzaron a odiarse como enemigos. Es una tregua hacia atrás, en términos de evolución de la especie. Es una abdicación de las garras y una exaltación de las manos. Es un volver a reconocer que antes de propietarios y desposeídos, todos somos hijos de un planeta generoso, que en la víspera de la lucha de clases existió la comunidad primitiva, que el acto de nacimiento de los hombres tuvo origen en una cópula entre humanos.

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El acuerdo humanitario proyecta a los agredidos y a los agresores hacia un futuro próximo en que la tierra sobre el pecho o las cenizas al viento, evidenciarán la unidad radical de todos los vivos en la muerte. Es un campanazo de polvo enamorado, es un ulular que viene del centro del cosmos, es una convocatoria ante los destinos definitivos e ineludibles.

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Por desnudar hasta los huesos el hondo silogismo humanitario que a todos concierne, este acuerdo es una requisitoria frente a los tribunales de la conciencia individual. Trasciende por eso las estructuras organizativas, los aparatos del Estado, los deberes públicos, las causas políticas. Y se tiende soberano sobre el elemental pegamento que mantiene juntas las células del universo que es cada ser humano.

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Un acuerdo humanitario, finalmente, es la patente de extinción de la fuerza como principal dispositivo para regular las relaciones entre las personas. Quienes llegan a un acuerdo tal reconocen implícitamente que la voluntad pudo más que las balas, y al hacerlo están evidenciando que las armas no son todopoderosas, es decir que el poder no viene del fusil ni la guerra es la partera de la historia ni el terror se derrota con más terror.

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Aceptar lo humano como argumento es igual a medir a las personas por el alto criterio de la benevolencia, en lugar de tasarlas con el metro de las bestias. Todo aquel que adquiera sensibilidad hacia el dolor de otros es un potencial aliado del diálogo, de la palabra, de la conversación, suprema instancia concedida a los humanos para tratarse como humanos.

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